La Real Fábrica de Cristales de la Granja
Paloma Pastor Rey de Viñas


Felipe V decide establecer una fábrica de vidrio bajo su protección enmarcada, por tanto, en el reformismo borbónico abocado a potenciar y proteger la industria nacional, con el fin de debilitar la masiva importación de objetos suntuosos extranjeros.

La Granja de San Ildefonso, Segovia,  parecía reunir un buen número de condiciones favorables para emprender este nuevo proyecto: agua y espacio suficiente, proximidad a Madrid, reserva arenera de buena calidad cerca de Segovia, un Palacio en San Ildefonso que demandaba vidrios planos y huecos. Pero para poder alcanzar estos objetivos se invirtieron cuantiosas sumas destinadas a la adquisición tanto de personal especializado extranjero, como de la tecnología avanzada del momento. Ahora bien, el reclutamiento de mano de obra especializada fue una tarea ardua y difícil debido al proteccionismo que rodeaba a este tipo de manufacturas, por los recelos que tenían los diferentes Estados en desvelar los secretos de sus diestros maestros.

Gracias a las negociaciones de Estado llevadas a cabo por el marqués de Villarias, y a las habilidades de Antonio Berger, comerciante afincado en París y cuñado de Luís Van Loo, se consiguió por fin convencer y traer a la Península, a mediados del siglo XVIII, a un gran número de especialistas prometiéndoles a cambio grandes sumas de dinero; y así, procedentes de París llegan en 1746, a San Ildefonso, Dionisio Sibert para establecer la fábrica de labrados o de franceses, y a Madrid, los maestros espejeros Marié y Naygeón, junto al maestro Monsieur Guillot, para establecer las salas de azogar y batir hojas de estaño. Con ellos llegó también Carlos Munier, conocido grabador de origen hamburgués, que inaugurará la sala de grabar y tallar en Madrid. Dos años después, en 1748, se incorpora Claudio Seigne acompañado de dos maestros esmaltadores franceses, Francisco y Juan Haly. Transcurridos dos años, procedentes de Alemania, vienen a San Ildefonso una familia de grabadores noruegos, los Guba, y otra de sopladores bohemios, los Eder, que establecen la fábrica de entrefinos o de alemanes. Se incorporaron también posteriormente de otras fábricas de vidrio de Noruega, Dinamarca, Inglaterra e Irlanda Para que pudieran aprender con rapidez junto a estos extranjeros recién llegados se buscaron por las fábricas del reino vidrieros jóvenes, hábiles con la caña de soplar, una tarea que tampoco fue fácil debido al proteccionismo que ejercían algunas de estas industrias, como fue el caso de Cadalso o de Cataluña, pues esta última región incluía penas de prisión en caso de producirse alguna fuga de sus vidrieros.

Como queda dicho, a partir de 1746, y a lo largo de la primera mitad de la década de los años 50 asistimos verdaderamente a la puesta a punto y conformación de la Real Fábrica de Cristales, estableciéndose así en San Ildefonso la fábrica de españoles o de vidrios planos, la fábrica de franceses o de labrados y la fábrica de alemanes o de entrefinos; además de otros obradores como de tallado, grabado y dorado. En Madrid se estableció el Almacén General que daba cobijo a las salas de grabar y tallar, óptica y engarces, batir y azogar y, por último, al almacén de ventas.               

Pese a la rica variedad de especialistas que trabajaron en la Real Fábrica de Cristales de nacionalidades tan dispares, fue primero Venecia y seguidamente Bohemia e Inglaterra los lugares que marcaron las tendencias ornamentales y formales en las distintas etapas de producción, entremezclándose siempre con repertorios decorativos rescatados de otras fábricas españolas de cerámica y porcelana, como Alcora, Buen Retiro o Talavera.

En La Granja se fabricaba, además de vidrio plano para el cerramiento de huecos (edificios, coches, tribunas, urnas, relojes, navíos, pinturas, estampas y estanterías) y grandes espejos para atender la demanda de la corte, todo tipo de objetos para el servicio de mesa (vasos de distintas capacidades, copas, fuentes, especieros, saleros, vinagreras, jarras, garrafillas, etc...), objetos de adorno, (figuritas de gabinete o animales),  e iluminación (arañas de 4 a 16 luces, candeleros, globos para faroles, o fanales para bujías), además de óptica (lentes para microscopios o anteojos, carlotas, cámaras obscuras o cajones catóptricos), e incluso tubos o barómetros, entre otros. Una tarifa de precios redactada en 1785 da a conocer un total de 132 clases de piezas y 1.076 variedades, además de un gran número de objetos denominados extravagantes,sin registrar en las tarifas.                                        

Al estallar la Guerra de la Independencia española los hornos de La Granja se paralizan prácticamente, y los trabajos no se reanudarán hasta la llegada al poder de Fernando VII en 1815. Al fallecer el soberano en 1833, se decide durante la regencia de María Cristina arrendar a particulares los espacios de la manufactura, primero a la familia Bourgon, a finales de 1899 a la familia Eugenio Simón y Santé y en 1907 a Luis de Castro y Lozano. Dos años más tarde, se traspasa a Pascual La Rosa e Infanzón, y por último, en 1911, a la Cooperativa Obrera Esperanza

Cuando terminó el contrato del último arriendo de “La Esperanza” en 1972, el edificio de la Real Fábrica de Cristales, levantado en 1770 extramuros del Real Sitio, se abandona, trasladándose los talleres y hornos de “La Esperanza” a la nueva fábrica acabada de construir en las proximidades, llamada actualmente SGD La Granja.

Al cabo de diez años, en 1982, se constituye la Fundación Centro Nacional del Vidrio con el deseo de salvar el edificio del lamentable estado de conservación que se encontraba y dotarle de un Museo Tecnológico del Vidrio, una escuela y un centro de producción de piezas de cristal de La Granja, con objeto de recuperar la tradición vidriera que dio fama a La Granja en épocas pasadas, y al mismo tiempo, conservar y trasmitir a las generaciones venideras los conocimientos y el saber hacer de unas profesiones en torno al vidrio que se encontraban en grave peligro de extinción.